Piedras Casaderas

Fue en el año 1993, siendo un joven naturalista lleno de proyectos y pájaros en la cabeza, cuando recalé en un viejo molino harinero del siglo XVII. En este lugar, que se convertiría en mi hogar durante 20 años, aprendí infinidad de cosas. Esta antigua construcción ubicada en medio de la naturaleza y con las aguas del río Gállego susurrando por su interior, escondía secretos increíbles. Algunos de ellos me permitieron preparar un pequeño museo etnológico sobre los molinos y las pardinas del Pirineo, exponiendo piezas interesantísimas a los visitantes que se acercaban al aula de naturaleza, que instalé en los bajos del edificio, otras se encontraban en la fachada a la vista de todo aquel que supiera mirar con ojos curiosos. De esta forma, tinajas incrustadas en la pared para ser usadas de joyero, carteles republicanos que se habían salvado de ser destruidos, inscripciones que hablaban del momento en que llegó la desamortización de Mendizábal al pirineo, marcas en la puerta principal recordando donde había llegado el nivel de las aguas del río Gállego tras la tormenta y posterior riada, esa que se llevó el antiguo puente de Murillo de Gállego, inscripciones de deudas contraídas con el Molinero hacia años escritas en la pared, o salterios tallados en las piedras de la entrada de la edificación fueron poco a poco apareciendo. Jornadas emocionantes e increíbles, en las que aprendería la importancia de conocer el pasado de los habitantes pirenaicos y que recordaría para siempre. Pero hubo un elemento, que durante años supuso un reto dificilísimo, un enigma que desentrañar, que superaba a todo lo que me aguardaba por ser descubierto en ese lugar tan especial. Una simple losa de arenisca saliendo del muro a la derecha del balcón, de la que era mi habitación, supuso durante años el mayor de los misterios. No hubo quien pudiera dar una explicación lógica al asunto, incluyendo respuestas tan peregrinas como que servía para guardar el botijo o el orinal por la noche. Ni siquiera los mejores y admirados etnólogos del momento supieron darme una solución, parecía que la utilidad que pudiera haber tenido esa piedra hacía tiempo que se había perdido. Pude llegar a observar que la misma losa aparecía en muchos pueblos abandonados, dando la sensación de que desaparecían de las fachadas en las nuevas rehabilitaciones de los edificios, confirmándome que para lo que se hubieran utilizado era algo que en la actualidad nadie echaba en falta. También, que no aparecía en todas las viviendas de los pueblos, sino que lo hacían en las que parecían ser propiedad de las familias más ricas del lugar. Y así fue pasando el tiempo hasta que el azar me llevó años más tarde a poder desentrañar el misterio. Fue gracias a un documental de la BBC que trataba de un tema que me apasiona, el comportamiento humano. El gran zoólogo y etólogo que estudia a nuestra especie, Desmond Morris era el guionista y presentador, lo que aseguraba la calidad y buenas informaciones que iba a escuchar. Durante el documental se acerca en un momento determinado a un lugar que por su aislamiento recuerda mucho al Pirineo aragonés, la isla de Malta. Allí Desmond Morris paseando por las calles de una población explicaba que en esa sociedad tan cerrada existía una forma muy discreta para que una familia indicara al resto de sus vecinos, la disponibilidad de alguna de las mujeres jóvenes de la casa para contraer matrimonio. De esta forma los interesados podían acercarse a preguntar a la vivienda y formalizar una relación. No podía creer lo que estaba viendo y escuchando, para tal fin utilizaban unas losas exactamente iguales a las que llevaba años observando. Sobre ellas colocaban una maceta de albahaca cuando tenían necesidad de trasmitir esa información tan sensible de una forma muy sutil. ¿Podría venir de ese acto de búsqueda de pretendientes para las hijas de las casas más importantes de los pueblos Pirenaicos, la tradición que ha llegado hasta nuestros días de colocar una ramita de albahaca en la ventana, cuando las mozas quieren ser rondadas por los jóvenes durante las fiestas de los pueblos? Lo que parecía evidente era que el misterio de las losas volanderas colocadas cerca de las ventanas y balcones de algunas casas podía estar resuelto. Y que probablemente era un gesto tan discreto y hacía tanto que no se utilizaba que ya nadie conocía su utilidad. Los últimos que conocieron ese sistema de comunicación y que habían tenido necesidad de usarlo en esas sociedades cerradas y herméticas que eran las comunidades pirenaicas ya no estaban entre nosotros o eran muy pequeños cuando lo vieron utilizar por última vez. Me toco poner nombre a esta piedra, y por consejo del etnólogo, amigo y entonces sacerdote de la zona donde vivía Ricardo Mur, realizar una publicación por si había alguien que supiera algo más de estas losas y quisiera contactar conmigo. Entonces publiqué en el diario del Alto Aragón un artículo que titulé el “Misterio de las piedras casaderas” quedando este nombre, desde ese día, como nombre con el que hago referencia a esas losas de las fachadas de algunas casas del Pirineo.